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Suprimir el CAE: entre la poesía y la demagogia

Andrés Sanfuentes

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La discusión parlamentaria del presupuesto 2017 ha traído a la atención pública los comportamientos más disímiles en este país, en que el desprestigio de la esfera pública tiene -entre varios fundamentos- la ilusión que no existe la escasez. En el Estado, esto se traduce en que se intenta convencer a la población de que las necesidades pueden ser satisfechas porque los recursos son ilimitados.

En el campo educacional, la reforma tributaria prometió tres puntos del PIB para satisfacer las necesidades sociales (pero no de inmediato), una de las cuales estaba en educación. Como en el sacrosanto “Programa” presidencial se ofreció la “gratuidad universal” (pero no de inmediato), se desencadenaron las demandas estudiantiles: ¿hay algo mejor que estudiar gratis, sin endeudarse?

Sin embargo, a poco andar se enfrentó el problema que Chile todavía no es un país escandinavo y el precio del cobre se vino al suelo. Por lo tanto, el deseo tuvo que ser postergado por un plazo indefinido, en medio del desaliento de los jóvenes y sus familias de clase media siempre postergadas.

Pero el lema de las movilizaciones anarquistas de París 1968 sigue vigente: “seamos realistas, pidamos lo imposible”, olvidando que en ese país constituyó una poesía surrealista y terminó desintegrado. En Chile sigue vigente, no solo con la gratuidad universal, este sueño tan iluso, sino con un nuevo tema: suprimir el CAE, desde hacerlo en su integridad, hasta hacerlo en forma gradual, a lo cual se han sumado numerosos parlamentarios, especialmente de la Nueva Mayoría.

Se debe partir por recordar el origen del Crédito con Aval del Estado, creado en 2006. Hasta entonces solo existía el Fondo Solidario del Crédito Universitario, que beneficiaba a las 25 universidades del CRUCH, pero dejaba fuera al resto de las entidades de Educación Superior y a las instituciones técnico-profesionales que se expandían con rapidez.

El CAE permitió uno de los grandes avances de los últimos decenios: la incorporación masiva de quienes querían ingresar a este estamento, pero no tenían recursos para pagar los aranceles. La matrícula actual llega a 1.200.000 estudiantes, un logro decisivo para el futuro desarrollo económico y social del país.

Entre los aspectos positivos del CAE está que, ante la escasez de recursos fiscales para otorgar becas y créditos, se recurrió a los fondos bancarios, sin los cuales no era posible la masificación, y la posibilidad de incorporarse a un sistema de cobranza que solucionaría la injusticia que significaba que los préstamos los pagaba quien así lo decidía y no el Estado, a quien corresponde otorgar los subsidios.

La licitación de los paquetes de créditos aseguraba la competencia entre los bancos, rebajando algo las tasas de interés. Pero, como se trataba de clientes de alto riesgo, las condiciones de los préstamos resultaron muy onerosas y se extendieron las protestas, lo que llevó a la intervención estatal que estableció tasas de interés muy bajas y pago de cuotas “contingentes al ingreso” del deudor, con una condonación del saldo al cabo de un período de pago.

Sin embargo, esta modificación del CAE llegó muy tarde y el sistema ya estaba cuestionado de raíz y los culpables pasaron a ser los fríos bancos. Hoy muchas familias están endeudadas, mientras se les ofrece “la gratuidad universal” y la reacción de algunos parlamentarios, a quienes les incomoda reconocer la escasez de los recursos fiscales y quieren seguir siendo populares. Los hay desde quienes proponen suprimir el CAE “aquí y ahora”, “hasta empezar a rebajarlo” o “comenzar a terminar”, hasta quienes no aceptar la propuesta del proyecto de Gobierno que incrementa la asignación presupuestaria a $706.000 millones, el 18% respecto a 2016. Este monto crece como consecuencia del incremento de la matrícula, a pesar de que no lo hace el monto máximo del crédito, pero implica gastos fiscales por el 35,6% del presupuesto de Educación Superior.

Las propuestas no dan respuesta a preguntas difíciles como ¿quién podría financiar los créditos necesarios para que paguen los aranceles los nuevos y actuales estudiantes que no tengan acceso a becas o gratuidad? Hay que considerar que quienes acceden al CAE no pertenecen a las familias más ricas del estudiantado, en especial en los planteles técnico-profesionales, donde no podrían pagar los aranceles y tendrían que retirarse de la enseñanza.