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Profesores de Lenguaje y Comunicación: Quijotes que luchan contra los molinos de viento

Jaime Espinosa Araya, Rector UMCE

En tiempos de internet, los ojos de nuestros niños y jóvenes están adaptados a la luminosidad de la pantalla y a formatos textuales diversos; normalmente de búsqueda rápida de información que responde a necesidades diversas de orden práctico.

El principio de relevancia en la comunicación se manifiesta en el uso de las redes sociales y en la aplicación de herramientas de efecto instantáneo como WhatsApp, cuya escritura y lectura aparecen descuidadamente espontáneas, sin inhibiciones formales, sin pudores de redacción y ortografía.

Se trata de textos breves y desechables; ni siquiera revisables, en la mayoría de los casos. No existe entre los más jóvenes autorregulación formal, porque se ha anulado la sanción social que se constata todavía en las generaciones anteriores y que se hace exigible en los textos impresos. Los diarios y revistas, y, por supuesto, los libros, a los que accedemos los mayores, requieren de mayor tiempo y trámite.

Por otra parte, los recursos tecnológicos, tales como celulares, tablet, iphones, – que ya no los viejos PC, e incluso los note books – son los interlocutores frecuentes para otras tareas, otros accesos más entretenidos y, por lo mismo, más absorbentes de la atención de las nuevas generaciones.

La música, los juegos y las películas, resultan el consumo casi natural de los niños y jóvenes, los que entran en un estado de autismo gozoso que se presenta como una amenaza a la convivencia familiar, generando no pocos conflictos y anunciando un nuevo régimen de relato humano, donde parece que

la imagen apocalíptica del mundo alienado por las máquinas que previeron muchos autores sobre el futuro, no es tal en el futuro que ya llegó.

Las actuales generaciones no comprenden tanta preocupación, cuando la realidad se ve más inofensiva y llena de nuevas posibilidades. Los estados de infelicidad que suponemos los mayores, por el contrario, resultan en la experiencia de los jóvenes, tan naturales como respirar o comer.

Este es el diagnóstico; este, el problema que debemos enfrentar los educadores en el escenario actual. Este, el dilema de los profesores de lenguaje y comunicación. Nuestra presunción de relevancia probable de los contenidos de enseñanza, colisionan con los intereses distintos que demuestran los niños y jóvenes en la escuela.

¿De qué hábitos lectores estamos hablando? ¿Por qué nos interesa fomentar la lectura? ¿Qué tipo de lectura? ¿Para qué? Creo entender que la preocupación tiene que ver con los textos literarios y, vuelvo a decirlo, la presunción de relevancia probable de que estos representan una contribución a la

educación, en el sentido de ir más lejos que la mera comunicación instrumental de WhatsApp y otros. Es decir, una habilitación cognitiva, una configuración cerebral de mayor complejidad que facilita el acceso a una dimensión valórica y estética favorable para el mantenimiento de la condición humana

superior. Nuestra formación nos indica que vale la pena ese acceso. Repito lo que dije hace un rato, “el que descubrió y desarrolló el gusto por la lectura, no tiene más destino que seguir leyendo hasta la muerte”.

Y porque sabemos lo que eso significa, queremos que otros formen parte de esa raza privilegiada de buenos lectores. Nos importa como educadores, que nuestros niños y jóvenes, sean más sensibles, más

comprensivos, más solidarios, más comprometidos con el destino de felicidad de los otros.

No es la simple capacidad lectora, por la lectura misma, sino por los efectos activos de la lectura en la realidad humana. Cuando leemos un poema o una buena novela, nos transformamos en observadores del mundo. La apertura de un libro es la apertura de una ventana, a través de la cual miramos con perspectiva privilegiada el horizonte humano. Nos dotamos de una mirada más fuerte sobre los problemas de otros, pero, también, afinamos el criterio para actuar sobre la realidad con nuestro propio comportamiento.

Aprendemos a discriminar entre lo bueno y lo malo, no como trazos gruesos, sino en sus matices más profundos. Nos conmovemos. Y esa conmoción fortalece nuestra propia humanidad. Creemos que después de leer una buena obra literaria, aumentamos nuestra calidad de personas. Sin darnos cuenta, imitamos o desaprobamos a los héroes de esas obras.

Sin embargo, quien quiera arruinar esta reflexión, podría decir que ese mismo efecto lo encontramos en una buena película, sin hacer tanto esfuerzo intelectual. Y no es falaz esa opinión. Estamos insertos en una cultura predominantemente audiovisual. Pero nos resistimos. Los profesores de castellano somos inmunes a esa profecía de descrédito del libro impreso. Somos los Quijotes que luchan contra los molinos de viento.

La verdad es que ante todo, somos profesores. Hemos escogido este camino ancho donde queremos que otros transiten para llegar a un destino de libertad y de servicio al crecimiento humano. No queremos dejar de ser una alternativa para llegar a ese destino.

Entonces, ¿es por nosotros o es por ellos, nuestros estudiantes? Yo digo, por ellos y por nosotros. Por algo existimos. Y nadie puede negar nuestra existencia. Nadie puede discutir que con la enseñanza de la literatura podemos contribuir todavía al ejercicio del asombro, en tiempos donde cada vez hay menos.

Sin asombro, sin maravillamiento, todo es plano y gris. Hoy día nuestros niños y jóvenes sufren de aburrimiento. Creen que se desaburren con la práctica desechable de los productos de internet. Entonces, fomentemos el asombro de aquello que provee la lectura de buenos textos literarios. Desarrollemos maestría de juegos. El juego de leer y sus implicancias estéticas y valóricas. ¿Cuestión de metodología o cambio de paradigma? Defendamos con autoridad la relación entre profesor y alumno. En la literatura hay mucho de pedagogía, centrada en la comunicación.