filosofia cerebro

Filosofía

Prof. Iván Navarro Abarzúa (Dr. Phil)

La filosofía se define como búsqueda de la verdad, como el descorrer los velos que la vida cotidiana tiende sobre la realidad de las cosas y de los fenómenos, velos que les oculta a la indagación genuina de quiénes no se conforman con las apariencias, con las realidades ocultas tras los velos, sino que luchan por llegar a conocer el ser real de lo que existe y constituye el entorno y la vida de cada cual. Como tal, la búsqueda de la verdad no es una meta, que de serlo sería siempre inalcanzable, sino una actitud, una forma de “estar situado en el mundo” para comprenderlo mejor, para transformarlo en un espacio más habitable para el hombre que lo conoce y para las demás especies que comparten su existencia.

En este empeño, la filosofía es el ejercicio de la conciencia, que ayuda a que el acto de conocer sea dinámico y complejo, percibiendo y orientando la propia dinamicidad y complejidad del mundo que conoce, construyendo y recreando nuevas realidades que, en su conjunto, constituyen nuestro mundo, el escenario en donde transcurren nuestras vidas, en donde se plasman la cultura y la civilización, en donde se construye, destruye y reconstruye el hábitat natural de la existencia humana y de las demás existencias; en donde la conciencia deja de ser una simple constatación de la realidad, apropiándose de ella para transformarla, para reinterpretarla y acercarla más a un “deber ser” que el hombre siempre busca y nunca termina de encontrar.

La filosofía es por tanto mucho más que “estar en la realidad”, adecuarse a ella o ser testigo de su evolución y su complejidad, como pretenden otras disciplinas. La filosofía es un saber crítico que debe conducir al discernimiento constante de la realidad y de los fenómenos, no solo para percibirlos en su condición de tales, sino para reconstruirlos y encauzarlos hacia la mayor humanización del hombre que conoce y que conociendo, hace de la verdad una búsqueda constante, una actitud que debe llevarle a una mayor humanización del hombre mismo y de las realidades que conoce.

Por la nobleza de su objeto, la filosofía ha acompañado al hombre a lo largo de su historia, sin decaer jamás en su consistencia natural, en su empeño original –búsqueda de la verdad-ni en su aporte a la humanización del ser humano. A veces oculta en la maraña de las modernidades, en la grandilocuencia de un mundo global que pareciera superarla, o en el deslumbramiento de una cultura engreída y refundacionalista de las realidades más inmanentes, la filosofía nos recuerda que la racionalidad, el raciocinio, el espíritu crítico, el diálogo y la verdad son bases insustituibles de la humanización permanente del ser humano y de su mundo.

Por todo ello parece tan extraño que hoy, obnubilados por una racionalidad instrumental que parece incontenible, se desconozca el valor inmenso que ha logrado nuestra historia educacional, cuando incluyó el estudio de la filosofía como uno de los contenidos permanentes de la educación media en el país. Se dice que se ha pretendido, o se pretende, ver la posibilidad de incluirla como “parte” de un nuevo ámbito de estudio, que se denomina formación ciudadana, entendiendo que ello respondería a un fortalecimiento de las estrategias de modernización del currículum y de mayor aseguramiento de la calidad de la educación media chilena. Sin embargo, el solo enunciado de una posibilidad de estas características, nos obliga a rechazar tal posibilidad, por inconsistente e inapropiada.

La filosofía es anterior y superior a la sola formación del ciudadano, aunque ello constituye uno de sus ámbitos de preocupación. La historia y la filosofía griega así lo confirman. El carácter de ciudadano es una de las dimensiones del ser humano, pero no es el ser humano en su totalidad. Y si bien es cierto que el objetivo que se persigue es loable y necesario, ello no se puede anteponer a la necesidad, no solo de vivir la ciudadanía, sino que además dotar al ciudadano –en este caso al escolar de enseñanza media- de una conciencia crítica y reflexiva, dialógica y constructiva que le permitan conocer y recrear la realidad y no solo habitarla y adecuarse a sus códigos temporales. Por ello, el aprendizaje filosófico asociado a la formación escolar es absolutamente recomendable y necesario.

En el ámbito de nuestra experiencia, la filosofía no sobra en los planes de estudio, sino que más bien falta: existen realidades escolares en que se desarrollan programas de Filosofía para Niños que son tremendamente exitosos, porque se adelanta el objetivo de formar conciencia crítica y reflexiva y porque ello da la mejor base para la formación del lenguaje y la comunicación en los niños. Ello demuestra que el aprendizaje de la filosofía debe incentivarse a lo largo de la educación escolar y no solo concentrarlas en un par de horas a la semana, solo en 3° y 4° año medio, como hoy sucede. De seguro, el incremento del aprendizaje de la filosofía, o al menos el mejoramiento sustancial de lo que hoy se hace, ayudaría a superar muchas de las deficiencias que hoy tiene la educación y la cultura en nuestro país: por de pronto, contrarrestaría el mecanicismo comunicacional que hoy nos ahoga, nos ayudaría a buscar el contrapeso entre derechos y deberes que hoy tenemos perdido especialmente en nuestros jóvenes y niños y nos permitiría recuperar la fantasía, hoy perdida entre tanto artefacto y tan necesaria para recrear una educación más humanista y más humana.

A pesar de estos intentos esbozados y no bien explicitados hasta ahora en orden a “redefinir” el rol de esta disciplina en la formación de nuestros jóvenes, la filosofía seguirá su camino de búsqueda de la verdad, descorriendo los velos que nos impiden percibir la realidad tal como ella es y no como la queremos o solo la podemos ver. Seguirá activando una racionalidad histórica que a veces avanza por debajo de los fenómenos, circunstancias e incluso de intenciones que pretenden desdibujar esa racionalidad, proponiendo eslóganes, que son apenas esbozos de ideologías debilitadas y añejas.